viernes, 27 de enero de 2017

¿Qué coño es la felicidad?

LA LA LAND / TONI ERDMANN

Puede haber spoilers (o no).





Que la película estadounidense del año, La la land, y la cinta europea de la temporada, Toni Erdmann, aborden las complejas relaciones que se establecen entre la (in)felicidad, el trabajo y la vida personal, resulta, cuanto menos, sintomático del devenir profesional/emocional de una generación que se caracteriza por sobrevivir dando tumbos, en un mundo cada vez más convulso.

Para la generación de nuestros padres, los babyboomers, la felicidad era tener una casa, una pareja para toda la vida (muchos descubrieron que en realidad no), un trabajo, también, para toda la vida, un par de hijos y que esos hijos fueran a la universidad y pudieran, posteriormente, tener una vida mejor que la suya, e imaginarse una nueva felicidad más feliz. Tras todo lo que ha llovido en la última década, podemos concluir ya que eso no va a pasar. No sólo no somos más felices, sino que, en realidad, no sabemos qué es la felicidad. Carecemos de una genealogía de la felicidad. La la land y Toni Erdmann, o lo que es lo mismo, Damien Chazelle y Maren Ade, vienen a escrutar este estado de desazón vital, por ello son dos películas brillantes (y extrañamente luminosas) sobre las tinieblas de una  generación en permanente estado de precariedad (laboral, sentimental).

Los protagonistas de La la land, una aspirante actriz y un pianista de jazz moderno, han dictaminado que lo que les impide ser felices es estar fracasando en sus respectivas carreras profesionales. Por ello, a pesar de parecer un drama romántico, la historia de amor en La la land es narrativamente secundaria y, como consecuencia de ello, el elemento más débil del aparato discursivo que construye Chazelle. El sueño de Mia y Sebastian no es mantener vivo su amor, como pasaba en los musicales clásicos en los que Chazelle se inspira (desde Los paraguas de Cherburgo hasta Cantando bajo la lluvia), para retorcerlos emocionalmente. Sino que su meta vital central es triunfar en su ámbito profesional y conseguir que su arte sea consumido/disfrutado por otras personas. Como sostiene Desirée de Fez en su brillante artículo sobre La la land, la tercera película de Chazelle como director, no es menos oscura que la segunda, Whiplash, a pesar de que su mirada retorcida sobre la felicidad se esconda detrás de la sonrisa de Emma Stone, la música de Justin Hurwitz y la fotografía de Linus Sandgren.

Antaño, el sueño americano estaba basado en el American Way of Life: una casa en los suburbios, una pareja, un perro y un zumo de naranja y unas tortitas para desayunar. En cambio, el sueño americano que está deconstruyendo Damien Chazelle en su obra, pivota sobre la autorrealización personal a través del arte y sobre la obtención de la aceptación y el reconocimiento de los demás. Si en nuestro interior no está la respuesta a “¿qué coño es la felicidad?” Quizás está ahí afuera, en la mirada y en la sonrisa de los otros, de los que no son yo.

Por ello, la nostalgia que embriaga a La la land, lejos de estar obnubilada por el resplandeciente pasado, ese Hollywood clásico para ella, esa era dorada del jazz para él, está articulada desde la frustración de toda una generación. Nos prometisteis que nuestra vida sería un sueño y lo que nos habéis regalado es la construcción de una nueva clase social: el precariado.

Los personajes de Chazelle luchan por salir del precariado a través del arte. ¿Y cuando lo logras, qué pasa? ¿Eres feliz? La mirada lacónica de Ryan Gosling me hace pensar que no, pero, y ahí radica la grandeza de La la land como obra generacional mayúscula, Chazelle lo deja a la libre interpretación de cada uno.



Si los personajes de La la land son capaces de llegar a una conclusión sobre qué no funciona, desde su propia visión de sí mismos, en sus vidas, la protagonista de Toni Erdmann necesita que su padre se lo ilustre a través del boicot persistente de su día a día. Inès trabaja para una consultora multinacional que se dedica a dictaminar la viabilidad económica de las empresas y a elaborar planes de intervención en las mismas. Esa intervención pasa, básicamente, por llevar a cabo despidos y externalizar servicios a otras empresas cuyos trabajadores gozan de unas condiciones laborales aún peores. Inès es el ángel caído que nos anuncia la muerte del trabajo en la sociedad de consumo.

Esta mujer ha logrado lo que en la era postindustrial y de capitalismo globalizado se ha impuesto, hegemónicamente, como el éxito. Tiene un cargo de responsabilidad en una gran empresa y cobra mucho dinero. Pero no es feliz. De hecho, no tiene vida más allá de su trabajo. De tal forma, que intenta llenar su vacío existencial medrando profesionalmente y construyendo relaciones sociales aún más huecas que su propia vida. Inès no siente, sino que, bajo los postulados de la productividad, consume: encuentros, conversaciones, fiestas, cenas, objetos, cupcakes con lefa… lo que sea necesario para dejar de sentirse sola o, lo que es más importante, para impedir que los demás vean lo sola que está. Toni Erdmann aborda así la banalización de las relaciones sociales. Ya no vemos los sentimientos de las personas, sólo vemos momentos, experiencias, historias que contar en el siguiente acto social o que subir a Instagram Stories. Nos da igual qué sienten los demás, sólo nos importa la imagen que tienen de nosotros. Posiblemente, tampoco sientan nada más que un viscoso vacío interior. Nunca nos importó tanto qué piensan los demás de nosotros y tan poco lo que nosotros les hacemos sentir.

¿Qué es, entonces, la felicidad, según Damien Chazelle y Maren Ade? Ninguno llega a barruntarlo. Chazelle concluye que la felicidad para nuestra generación ya no se podrá alcanzar congeniando el éxito artístico-profesional y el emocional. Hay que elegir entre ambas esferas. Alcanzar el éxito implica sacrificar tus relaciones personales: tu familia, tus amigos, tus parejas. Y, así, quizás, a través de tu trabajo y de tu capacidad de expresarte artísticamente, logres ser feliz. O quizás no y habrás caído, irremediablemente en la perversa trampa del éxito como forma de vida. Ade, por su parte, sostiene que la felicidad, como concepto totalizante, no existe, sólo podemos aproximarnos a ella a través de los pequeños momentos: el abrazo de tu padre, la risa cómplice… Chazelle busca llenar el vacío existencial con el arte. Ade con las relaciones personales. Son dos formas distintas de abordar un problema común: ya no existe un modelo comúnmente aceptado  de lo que es la felicidad.


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