lunes, 4 de abril de 2016

El lampreavismo o el arte de ser una señora moderna




Hoy ha muerto Chus Lampreave, y con ella ha muerto una de las actrices cómicas más grandes que hemos tenido. Aunque su figura se asociará, para siempre, al cine de Pedro Almodóvar, lo cierto es que Chus Lampreave ya era una gran actriz mucho antes de gritar diálogos del manchego como los gritaría cualquiera de nuestras abuelas. Cuando Lampreave y Almodóvar colaboraron por primera vez, en la tercera película del director, Entre tinieblas, la actriz ya había trabajado con Berlanga, Ferreri, Armiñán, Mercero o Forqué. Ya era esa actriz secundaria total, capaz de exprimir hasta la última gota de sus personajes, que dotaba de personalidad propia, velocidad y punch cómico a cada uno de sus diálogos. Y luego, claro, llegó Almodóvar, para convertirla en un imposible icono pop, dándole algunas de las frases más descacharrantes de su cine. Pero también Cuerda o Trueba, con el que ganaría su único Goya, gracias a Belle Époque, o el fenómeno que supuso Torrente. Y así fue como Chus Lampreave se convirtió en un actriz respetada y querida por todo el país. Una chica Almodóvar drásticamente diferente a las demás. Quizás la única actriz que no se veía engullida por los diálogos del director, sino que se apoderaba de ellos. Cuando vemos a Carmen Maura, Victoria Abril, Marisa Paredes o Penélope Cruz recitar a Almodóvar, no dejamos de ver a magníficas intérpretes poniendo voz y rostro a sus pensamientos, a sus ideas, a sus frases lapidarias, a sus chistes soeces. En cambio, cuando es Chus Lampreave la que los recita, parece como si fueran suyos, como si la mente de Almodóvar y el cuerpo de Lampreave fueran un único ser, una descomunal máquina de escupir verdades, casi todas en tono cómico, pero verdades, porque no todas las verdades tienen que doler.

A través de la filmografía de Chus Lampreave, podemos hacer un recorrido por las comedias más relevantes del cine español. El cochecito, El verdugo, La escopeta nacional, Mujeres al borde de un ataque de nervios, Amanece que no es poco, Belle Époque... En todas ellas estaba Chus Lampreave, siempre en un segundo plano, clavando cada uno de sus diálogos con una puntería cómica al alcance de muy pocos, iluminando cada una de estas películas con su comicidad y entrañabilidad (en esta casa diríamos riquiñismo). Este fin de semana pasado, preparándome para el estreno de Julieta, la nueva película de Almodóvar, en la que por desgracia Lampreave no aparecerá para robar alguna secuencia, vi Entre tinieblas, su primera película juntos, en la que la actriz encarnaba a una de las monjas que protagonizaban la cinta, y La flor de mi secreto, la única película de Almodóvar por la que obtuvo una nominación al Goya. Tuve un fin de semana preñado de lampreavismo. Me hizo reír cómo la primera vez, cuando la conocí, maravillado y doblado de la risa en ¿Qué he hecho yo para merecer esto! Y no será la última vez, porque uno de los elementos fundamentales del cine como arte es que puede ser eterno. Chus Lampreave ha muerto, pero me seguirá haciendo reír y emocionándome toda la vida. Los ecos de sus besos ruidosos me acompañarán siempre.

Con sus interpretaciones, Chus Lampreave ayudaba a conciliar la España de nuestros abuelos, criada y curtida en el franquismo, con la nuestra, la de los nacidos después de la Transición. ¿Quién no ha visto reflejada a su abuela en alguno de los personajes de la actriz? Con sus expresiones de incredulidad y sorpresa, Lampreave nos trajo píldoras de la sabiduría de nuestros mayores, actualizándolas para los tiempos actuales. Por eso algunas de sus secuencias son igual de creíbles como parte de una cena familiar que como un vine. En los tiempos terriblemente cínicos en los que vivimos, Chus Lampreave representaba la desconfianza de quien ha vivido momentos duros y la inocencia de quien observa maravillada cómo ha cambiado todo a su alrededor. Por todo ello hoy tenemos la sensación de que se nos ha muerto esa tercera abuela que no tuvimos. La abuela de un país que siempre ha necesitado reír más y odiar menos. Eso es el lampreavismo, el arte de conciliar a diversas generaciones a través de la risa, de fusionar lo antiguo con lo nuevo, de ser una señora moderna, que te ordena que te abrigues, mientras escribe un tuit. 

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