lunes, 27 de abril de 2015

La verdad os hará prisioneros

THE AMERICANS - Tercera temporada


Spoilers a mansalva sobre la tercera temporada de The Americans

La semana pasada terminó en FX la tercera temporada de The Americans, el drama de Joseph Weisberg sobre un matrimonio de espías rusos infiltrados en Estados Unidos en la Era Reagan. A pocos años del colapso de la URSS, la serie retrata los últimos (y terribles) coletazos de la Guerra Fría, con un Reagan empeñado en buscar la confrontación con los rusos, mientras estos se ven acuciados por problemas internos y externos, y empantanados en medio de una guerra en Afganistán (la historia le enseñaría a los americanos 20 años después lo cabrona que puede ser).

En la primera temporada, The Americans buceó en la crisis matrimonial, en la segunda en la paterno-filial, y en esta tercera, en un perfecto y delicado suma y sigue, nos ha sumergido en la tormenta perfecta que provocan ambas crisis al superponerse. Los Jennings (Keri Russell y Matthew Rhys, soberbios ambos) están al borde del precipicio. Su matrimonio, que siempre fue un milagro en equilibrio, parcheado de arriba abajo, hace aguas. Que Paige (Holly Taylor) haya descubierto, por fin, que sus padres no son unos cándidos agentes de viajes suburbiales, ha sido la estocada definitiva. Los Jennings aún no lo saben, pero estamos ante el principio de su fin. Paradójicamente, a ellos, maestros del engaño (y del disfraz) la verdad, los ha vuelto prisioneros de sí mismos.

“Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan, 8: 32) es una de las declaraciones bíblicas más parafraseadas de la historia. Jugando con la palabra de Cristo, hasta retorcerla, Jesús Ibáñez, uno de los sociólogos más importantes que ha dado España, escribió un artículo criticando la manipulación a la que nos someten los medios, llamado “la mentira os hará libres”. En este texto pretendo ir un paso más allá, distorsionar aún más la idea-fuerza, y decir que a los Jennings la verdad los ha hecho prisioneros, mientras que la mentira los hacía, efectivamente, sin la sorna de Ibáñez, libres. El matrimonio Jennings resolvió sus diferencias de la primera temporada confiando el uno en el otro y siendo, a partir de ese momento, sinceros entre ellos. Dolorosamente sinceros a veces. Después su hija adolescente empezó a sospechar que sus padres no eran quiénes decían ser, que había algo que no funcionaba en ese hogar, en esos desconocidos a los que llamaba mamá y papá. Y al final, cuando la situación comenzaba a ser insostenible, ya que por un lado tenían a Page queriendo saber, y por el otro a La Central, queriendo reclutarla, decidieron aplicar la misma solución: decirle la verdad. Pero la verdad no los hizo libres. Al contrario, la verdad hizo que su hija se sintiera presa en una vida que era una mentira de arriba abajo, y que ellos pasaran a estar presos de ella, que con sólo cruzar la calle e ir a visitar al agente Beeman (Noah Emmerich) podría entregarlos al enemigo, ese enemigo al que ella llama “mi país”.

La consecuencia de todo ello es que los protagonistas están acorralados. En los escalofriantes y fascinantes 5 minutos finales de March 8, 1983 (3x13), Page llama al pastor Timmy y le cuenta que sus padres no son lo que dicen ser, que no son americanos, que son rusos (bomba), mientras que en paralelo Philip intenta contarle a Elizabeth que ya no puede más, que ya no es capaz de seguir lidiando con esa vida, y ésta lo manda callar para subirle el volumen a la televisión y escuchar a Reagan amenazando a la URSS, para escuchar al enemigo. Tras abrazar la verdad, la familia Jennings está más desconectada e incomunicada que nunca. Que Elizabeth y Page fueran a visitar a la moribunda madre de la primera no ha servido de nada. Ni la una, ni la otra, han cambiado sus pareceres. Elizabeth sigue creyendo en el “hasta la victoria siempre” y Page, que el enemigo no es “su país”, sino, lo cual es terrible, sus padres.

Sufro como Martha es el nuevo Sufro como Precious

Los Jennings están tan mal que dan la sensación de haber vuelto al principio de la serie, pero acuciados por mil enemigos en mil frentes distintos. Si echamos la vista a atrás recordaremos que al inicio del relato Philip quería dejar de ser un espía, escaparse de la soga que La Central tenía atada a su cuello, al cuello de su familia. Pues bien, volvemos a estar en ese punto. Philip no puede más y Elizabeth sigue impasible. Por eso esa secuencia final es tan poderosa. Porque los retrata a ambos a la perfección. Está claro que algo se resquebrajó en él esta temporada. Primero la obligación de enrolar a Page en las filas del espionaje soviético, después la muerte de su aprendiz, más tarde la seducción de la adolescente y finalmente Martha (Alison Wright, maravillosa). No quería terminar el post sin hablar de Martha, básicamente porque su trama ha sido una de las que más hemos disfrutado (es decir, sufrido) los espectadores. Martha es un personaje entrañable, dulce, cariñoso, naif, en una serie llena de víboras, de lobos que desgarran carne para sobrevivir. Por eso ver a Martha cada vez más acorralada ha sido muy duro. Y también por eso la secuencia que ponía punto y final al 3x12, I am Abassin Zadran, fue tan poderosa. Al borde del precipicio, Philip dejó de ser Clark para ser Philip, quitándose todos los artificios que llevaba en la cabeza, en un striptease de enormes dimensiones emocionales. Quizás por ello, a la finale sólo le echo en cara que no incluyera la continuación de esa trama, que la dejara en suspensión total hasta el 2016.

Porque sí, The Americans volverá para una cuarta temporada, quizás ya no deban alargar esta historia mucho más. Dos temporadas, una para el colapso y otra para la caída (y la persecución) del mejor matrimonio de espías que yo haya visto jamás. La serie de Weisberg no es fácil de recomendar porque es gélida, lenta y no responde a los códigos narrativos habituales. Sin embargo es una de las mejores obras televisivas de los últimos tiempos porque presenta debates morales y emocionales terribles. ¿Y si la verdad no es la solución?. Y lo hace con una sutileza y una hondura extraordinarias. The Americans no es una serie de “sí” o “no”, es una serie de “sí pero”. Porque todo avance requiere un sacrificio. Y en el mundo en el que juegan sus personajes, ese sacrificio casi siempre implica la posibilidad de morir.

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