jueves, 30 de abril de 2015

Las 50 películas de mi vida (I)

Dos personas muy importantes para mí, han hecho sendas listas con las 50 películas de su vida, nos hemos ido picando y ellos ya han hecho también las 50 canciones de su vida (bueno, o 100). Como quería aprovechar la idea para colgarla aquí, he tardado un poco más, pero he aquí la primera parte. Sin orden alguno. Las 50 películas de mi vida.

The Rescuers (Wolfgang Reitherman, John Lounsbery y Art Stevens, 1977)
Cuando era pequeño, en aquellos mexicanos tiempos, era ya un niño torpe y raro. Tan raro que de todas las películas de Disney mi favorita era Los rescatadores, básicamente porque la idea de que existiera un aeropuerto para ratones me parecía fascinante y porque su parte final, en el pantano, me daba mucho miedo. Y por algún extraño motivo me gustaba tener miedo.
  
The Apartment (Billy Wilder, 1960)
Para mí The Apartment es la comedia dramática definitiva. Es simplemente perfecta. La cima del género. Graciosa y dolorosa a partes iguales. Es también una de las historias más enternecedoras que he visto. Una película a la que me encantaría poder abrazar.



À bout de soufflé (Jean-Luc Godard, 1960)
Tengo la sensación de que mi generación corre, corre y corre buscando una salida que no existe. Huimos. Y cuando llegamos al final de la escapada, agotados, sin aliento, nos encontramos con que seguimos en el punto de partida. Sólo corrimos en círculos. Si algún día me tatuara algo, cosa que no va a pasar, sería À bout de soufflé.


Apocalypse Now (Francis Ford Coppola, 1979)
La guerra no es nada más (ni menos) que destrucción. De las personas y de sus almas. Un monstruo que lo devora todo. Apocalypse Now es mi película bélica favorita porque tiene una fuerza y desprende una fatalidad, un aire insano y perverso, que me fascinan. Además también es un viaje a las entrañas de la locura, al corazón de las tinieblas, que rezaba la novela de Conrad que Coppola adapta, moldea y manipula. La locura del poder absoluto. Siempre me encantará el olor a napalm por la mañana.

Ordet (Carl Theodor Dreyer, 1955)
No me considero una persona espiritual. De hecho, creo que no lo soy en absoluto. Pero las dos veces que vi Ordet supusieron unas experiencias emocionales/intelectuales que me marcaron mucho. Dreyer se apoderó de mí, como si fuera el espíritu santo.




All the President's Men (Alan J. Pakula, 1976)
Tenía que haber un thriller político de los 70 y una película sobre periodistas. All the President’s Men cubre ambas cuotas. Pocas películas me divierten e interesan tanto como ésta. El poder lo envenena todo. Pero en todas partes hay personas empeñadas en revertir el veneno.



The Dreamers (Bernardo Bertolucci, 2003)
Una película que pivota sobre el cine, la política y el sexo tendría que ser muy mala para no encantarme. Básicamente porque son mis tres cosas favoritas del mundo. The Dreamers no sólo no es muy mala, sino que es tierna y pesimista, inteligente y abrasiva. Debajo de los adoquines no estaba la playa. Posiblemente sea la película de mi adolescencia. La que desterró mi infancia para siempre. A pesar de todas las veces que la he visto no deja de maravillarme y quemarme.

Salò o le 120 giornate di Sodoma (Pier Paolo Pasolini, 1975)
En un programa literario muy guay que había en La 2 hace mucho tiempo, hicieron un especial sobre Pier Paolo Pasolini y en él una crítica (creo) reconoció que la única vez en toda su vida que tuvo que irse de un cine porque no soportaba lo que estaba viendo fue con Saló, la particular visión de Pasolini sobre la República de Saló, el estado que se montó Mussolini cuando su poder ya se estaba viniendo abajo. Tras aquello, picado por una enfermiza curiosidad y por la (no menos enfermiza) obsesión que tengo con Pasolini, tuve (obligación inmoral) que ver la película con mis propios ojos. Y sí, es tan vomitiva, terrible y nauseabunda cómo uno se la puede imaginar. O más.

Paris, Texas (Win Wenders, 1984)
En una mañana horriblemente resacosa del último verano, escondido cual rata de alcantarilla o marmota que anuncia que seguirá el invierno, vi Paris, Texas. Me pareció una brillante idea tragarme un drama durísimo en mi deplorable estado (físico, anímico, emocional). Y, sorprendentemente, lo fue. Mientras acompañaba a aquel hombre que luchaba por recomponer los pedazos de su vida rota, fui capaz de reconstruirme, aunque sólo fuera un poquito, a mí mismo.

Se7en (David Fincher, 1995)
He contado muchas veces que Se7en era la única película en VHS (oh sí, qué tiempos) que poseía en propiedad cuando era un chaval. La vi tantas veces que terminé siendo el monstruo que hoy soy. Por el camino, una infancia rota y el nacimiento de un amor incondicional y absoluto por David Fincher.


Contact (Robert Zemeckis, 1997)
He visto tantísimas veces Contact que tenía que estar en esta lista. Dice bastante poco de mí, o más bien, lo dice todo de mí, que la película de Robert Zemeckis que esté en esta lista sea ésta. Y no Forrest Gump, o sobre todo, Regreso al futuro. Pero siendo justos, y si bien es cierto que Regreso al futuro es una de las películas de mi infancia, he visto Contact muchas más veces. Y siempre la pongo de ejemplo de "película fallida que a mí me encanta". A pesar de todo. E Interstellar este año ha venido a darnos la razón a los contacters, es una película enorme, muy imperfecta, pero enorme, que trata una cantidad ingente de temas interesantes.

Eyes Wide Shut (Stanley Kubrick, 1999)
La primera vez que vi la última película de Stanley Kubrick, no estaba preparado. Era demasiado joven. Quizás por ello, aquella bacanal de sexo y poder me marcó tanto. No entendía nada, pero deseaba entenderlo todo. Sigo sin entender muchas cosas de aquella película, por algo Kubrick es Kubrick. Pero me sigue hipnotizando como el primer día. Es una película que me arde entre las manos.

Affliction (Paul Schrader, 1997)
La aflicción es uno de los estados de ánimo/sentimientos más perversos que uno puede sentir/padecer, básicamente porque es terriblemente críptico. Es complicadísimo explicarlo con palabras o imágenes. Pero, Paul Schrader lo consigue. Y lo respeto mucho por ello.



Dogville (Lars von Trier, 2003)
Lars von Trier es un hijo de puta, pero es mi hijo de puta. Es uno de mis cineastas fetiches. A veces repulsivo, casi siempre demoledor. Dogville quizás sea la cima de su cine. El más retorcido de sus cuentos. El más radical y salvaje de sus discursos. El hombre, ese monstruo. El odio, esa enfermedad.

C.R.A.Z.Y. (Jean-Marc Vallée, 2005)
Llegó a mí en el momento perfecto. Y me abracé a ella como un niño que se abraza a su padre tras un día sin verlo. De la forma más pura y tierna posible. C.R.A.Z.Y. es una película mágica, dulce, optimista, sensible. Si C.R.A.Z.Y. fuera una persona estaría completamente enamorado de ella, porque sé que me trataría con todo el cariño del mundo. Y sabría que escucharíamos muy buena música. Siempre soñaré con cantarle a mi hijo Hier Encore.

Before Sunrise (Richard Linklater, 1995)
Fue la primera película que vi con una persona que ha sido muy importante en mi vida y a la que siempre querré mucho. Yo ya la había visto varios años atrás, pero la película que me encontré la segunda vez fue completamente distinta. O más bien yo era distinto. Una experiencia emocional preciosa. Reí y me emocioné como pocas veces he hecho. Toda la trilogía está llena de magia.

Before Midnight (Richard Linklater, 2013)
La última película de la trilogía de Celine y Jesse es también la que me golpeó más fuerte. La única de todas ellas que me aterró. Esa larga secuencia en la habitación de hotel en la que ambos se desnudan frente al otro, dejando ver todas sus miserias es demoledora. Y sí, me dio miedo, porque me proyecté a mí mismo en el futuro a través de ellos. En ese momento supe que iba a sufrir mucho en esta vida. Espero equivocarme.

Metropolis (Fritz Lang, 1927)
Soy un completo ignorante en cine mudo. No estoy orgulloso de ello, pero es justo reconocerlo en público. Metrópolis es mi película muda favorita. Mi distopía cinematográfica preferida. Y quizás la obra de ciencia ficción que más me ha fascinado de todas las que he visto o leído. Además, Fritz Lang era un genio.


Morte a Venezia (Luchino Visconti, 1971)
Ninguna película de todas las que he visto, captura tan bien la soledad más absoluta cómo lo hace ésta. Ni una. Es terrible ver a ese pobre diablo que se precipita hacia la vejez persiguiendo a un adolescente por una Venecia podrida. Pocas películas me han impactado tanto. Siempre recordaré ese tinte de pelo escurriéndose al sol.


Seven days in may (John Frankenheimer, 1964)
Justo antes de que comenzara el peor día de mi vida estaba viendo esta película. Muchas horas, kilómetros y sollozos después, de madrugada, terminé de verla en el silencio sepulcral de una habitación que no era la mía. No me consoló, pero me hizo sentirme menos solo. Y además el protagonista es Burt Lancaster.

Fa yeung nin wa (In the Mood for Love) (Wong Kar-Wai, 2000)
El quizás quizás quizás de Nat King Cole se clavó en mi cabeza. Me persiguió durante días, semanas, meses. Con esta película crucé el punto de no retorno con Wong Kar-Wai. Tras verla supe que estaba condenado a amar eternamente su cine. Dura y triste, como las mejores canciones de desamor.




Happy Togheter (Wong Kar-Wai, 1997)
La primera vez que vi Happy Together no la entendí. Es difícil entender qué es amar a alguien que sólo te hace daño, hasta que no alcanzas una mínima madurez emocional. Cuando la alcancé (más o menos), volví a Buenos Aires. Y entonces, me enamoré. De la ciudad, de su protagonista, de su recorrido por la más triste de las soledades en medio de la ciudad. Es muy difícil librarte de aquello a lo que amas pero que te destroza lentamente, hasta reducirte a cenizas. Pero al final, tras mucho sufrir, la vida sigue, nosotros seguimos. Siempre hacia adelante. 

Chung Hing sam lam (Chungking Express) (Wong Kar-Wai, 1994)
La cama de mi habitación (la cueva originaria) está presidida por un poster. El de Chungking Express. Una de las películas que más me han hipnotizado en toda mi vida. La vi una noche en La 2. Acababa de llegar de Santiago y faltaban 2 semanas para la selectividad. Estaba tan emocionado con la vida que iba a construir en aquella ciudad… Y Chungcking Express me empujó a soñar aún más alto y más fuerte. 9 años después puedo decir que me engañó, pero también que ha sido divertido.

Who’s afraid of Virginia Wolf? (Mike Nichols, 1966)
Dos matrimonios se inmolan durante dos horas de película. Elizabeth Taylor y Richard Burton se devoran el uno al otro hasta el punto de que uno ya no sabe si están interpretando a los personajes de Eugene O’Neill o de verdad están destrozándose ante nuestros ojos. Poniendo blanco sobre negro todos los cadáveres que tenían escondidos en el armario. Es una película que me enseñó, en una calurosa noche de verano, que desde luego hay que tener miedo al dolor que vamos acumulando día tras día, año tras año y que no somos capaces de exteriorizar hasta que reventamos. Y cuando la explosión tiene lugar, y siempre tiene lugar, nos lo llevamos todo por delante, empezando por nosotros mismos.

Mulholland Drive (David Lynch, 2001)
¿Qué es una pesadilla? Un cuento que nos contamos a nosotros mismos en el que volcamos todos nuestros miedos más terribles y nuestros deseos más insanos. Un punto oscuro de nuestra alma dónde todo puede ser posible y no estamos a salvo, de nada, ni de nadie. David Lynch es el hombre que más y mejor ha explorado ese territorio tan inhóspito como hipnótico. Y Mulholland Dr. es, de todas sus expediciones, mi favorita.

lunes, 27 de abril de 2015

La verdad os hará prisioneros

THE AMERICANS - Tercera temporada


Spoilers a mansalva sobre la tercera temporada de The Americans

La semana pasada terminó en FX la tercera temporada de The Americans, el drama de Joseph Weisberg sobre un matrimonio de espías rusos infiltrados en Estados Unidos en la Era Reagan. A pocos años del colapso de la URSS, la serie retrata los últimos (y terribles) coletazos de la Guerra Fría, con un Reagan empeñado en buscar la confrontación con los rusos, mientras estos se ven acuciados por problemas internos y externos, y empantanados en medio de una guerra en Afganistán (la historia le enseñaría a los americanos 20 años después lo cabrona que puede ser).

En la primera temporada, The Americans buceó en la crisis matrimonial, en la segunda en la paterno-filial, y en esta tercera, en un perfecto y delicado suma y sigue, nos ha sumergido en la tormenta perfecta que provocan ambas crisis al superponerse. Los Jennings (Keri Russell y Matthew Rhys, soberbios ambos) están al borde del precipicio. Su matrimonio, que siempre fue un milagro en equilibrio, parcheado de arriba abajo, hace aguas. Que Paige (Holly Taylor) haya descubierto, por fin, que sus padres no son unos cándidos agentes de viajes suburbiales, ha sido la estocada definitiva. Los Jennings aún no lo saben, pero estamos ante el principio de su fin. Paradójicamente, a ellos, maestros del engaño (y del disfraz) la verdad, los ha vuelto prisioneros de sí mismos.

“Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres” (Juan, 8: 32) es una de las declaraciones bíblicas más parafraseadas de la historia. Jugando con la palabra de Cristo, hasta retorcerla, Jesús Ibáñez, uno de los sociólogos más importantes que ha dado España, escribió un artículo criticando la manipulación a la que nos someten los medios, llamado “la mentira os hará libres”. En este texto pretendo ir un paso más allá, distorsionar aún más la idea-fuerza, y decir que a los Jennings la verdad los ha hecho prisioneros, mientras que la mentira los hacía, efectivamente, sin la sorna de Ibáñez, libres. El matrimonio Jennings resolvió sus diferencias de la primera temporada confiando el uno en el otro y siendo, a partir de ese momento, sinceros entre ellos. Dolorosamente sinceros a veces. Después su hija adolescente empezó a sospechar que sus padres no eran quiénes decían ser, que había algo que no funcionaba en ese hogar, en esos desconocidos a los que llamaba mamá y papá. Y al final, cuando la situación comenzaba a ser insostenible, ya que por un lado tenían a Page queriendo saber, y por el otro a La Central, queriendo reclutarla, decidieron aplicar la misma solución: decirle la verdad. Pero la verdad no los hizo libres. Al contrario, la verdad hizo que su hija se sintiera presa en una vida que era una mentira de arriba abajo, y que ellos pasaran a estar presos de ella, que con sólo cruzar la calle e ir a visitar al agente Beeman (Noah Emmerich) podría entregarlos al enemigo, ese enemigo al que ella llama “mi país”.

La consecuencia de todo ello es que los protagonistas están acorralados. En los escalofriantes y fascinantes 5 minutos finales de March 8, 1983 (3x13), Page llama al pastor Timmy y le cuenta que sus padres no son lo que dicen ser, que no son americanos, que son rusos (bomba), mientras que en paralelo Philip intenta contarle a Elizabeth que ya no puede más, que ya no es capaz de seguir lidiando con esa vida, y ésta lo manda callar para subirle el volumen a la televisión y escuchar a Reagan amenazando a la URSS, para escuchar al enemigo. Tras abrazar la verdad, la familia Jennings está más desconectada e incomunicada que nunca. Que Elizabeth y Page fueran a visitar a la moribunda madre de la primera no ha servido de nada. Ni la una, ni la otra, han cambiado sus pareceres. Elizabeth sigue creyendo en el “hasta la victoria siempre” y Page, que el enemigo no es “su país”, sino, lo cual es terrible, sus padres.

Sufro como Martha es el nuevo Sufro como Precious

Los Jennings están tan mal que dan la sensación de haber vuelto al principio de la serie, pero acuciados por mil enemigos en mil frentes distintos. Si echamos la vista a atrás recordaremos que al inicio del relato Philip quería dejar de ser un espía, escaparse de la soga que La Central tenía atada a su cuello, al cuello de su familia. Pues bien, volvemos a estar en ese punto. Philip no puede más y Elizabeth sigue impasible. Por eso esa secuencia final es tan poderosa. Porque los retrata a ambos a la perfección. Está claro que algo se resquebrajó en él esta temporada. Primero la obligación de enrolar a Page en las filas del espionaje soviético, después la muerte de su aprendiz, más tarde la seducción de la adolescente y finalmente Martha (Alison Wright, maravillosa). No quería terminar el post sin hablar de Martha, básicamente porque su trama ha sido una de las que más hemos disfrutado (es decir, sufrido) los espectadores. Martha es un personaje entrañable, dulce, cariñoso, naif, en una serie llena de víboras, de lobos que desgarran carne para sobrevivir. Por eso ver a Martha cada vez más acorralada ha sido muy duro. Y también por eso la secuencia que ponía punto y final al 3x12, I am Abassin Zadran, fue tan poderosa. Al borde del precipicio, Philip dejó de ser Clark para ser Philip, quitándose todos los artificios que llevaba en la cabeza, en un striptease de enormes dimensiones emocionales. Quizás por ello, a la finale sólo le echo en cara que no incluyera la continuación de esa trama, que la dejara en suspensión total hasta el 2016.

Porque sí, The Americans volverá para una cuarta temporada, quizás ya no deban alargar esta historia mucho más. Dos temporadas, una para el colapso y otra para la caída (y la persecución) del mejor matrimonio de espías que yo haya visto jamás. La serie de Weisberg no es fácil de recomendar porque es gélida, lenta y no responde a los códigos narrativos habituales. Sin embargo es una de las mejores obras televisivas de los últimos tiempos porque presenta debates morales y emocionales terribles. ¿Y si la verdad no es la solución?. Y lo hace con una sutileza y una hondura extraordinarias. The Americans no es una serie de “sí” o “no”, es una serie de “sí pero”. Porque todo avance requiere un sacrificio. Y en el mundo en el que juegan sus personajes, ese sacrificio casi siempre implica la posibilidad de morir.

martes, 21 de abril de 2015

Los demócratas ya no son lo que eran

El (terrible a la par que brillante) debate entre los 3 candidatos demócratas de House of Cards




Ya ha comenzado la larga carrera para llegar a la Casa Blanca en las elecciones de 2016. En el último mes los senadores republicanos Rand Paul (Kentucky) y Marco Rubio (Florida) han hecho oficial su intención de luchar por la nominación del Partido Republicano a la presidencia de Estados Unidos. Mientras que en el bando demócrata ya ha saltado a la arena la candidata inevitable, una tal Hilary Rodham Clinton. Entre sus hipotéticos rivales figuran el vicepresidente Biden, que no creo que se vaya a exponer a una derrota humillante frente a Clinton, el senador Sanders de Vermont (un tipo que dice ser socialdemócrata en un país que cree que eso es algo así como ser el demonio) o el ex gobernador de Maryland, Martin O’Malley (en él está basado ni más ni menos que Tommy Carcetti, el alcalde/gobernador de The Wire). Si en las primarias republicanas va a terminar imponiéndose el último que se mantenga en pie (tras miles de cuchilladas), las demócratas serán (salvo que surja un escándalo tamaño XXL sobre los Clinton) un plácido paseo por para Hilary Clinton. Este lunes CNN y Opinion Research publicaron una granencuesta sobre las primarias que pronostican resultados catastróficos para el GOP (los republicanos). El candidato republicano que mejores resultados cosecharía frente a Clinton hoy por hoy (falta más de 1 año para las elecciones, un mundo en política) sería Marco Rubio y perdería frente a ella por 14 puntos. Para hacernos una idea, estaríamos hablando de la mayor victoria en una batalla presidencial (en número de votos, no en número de compromisarios) desde 1984, cuando Reagan logró su segundo mandato venciendo por 18 puntos a Mondale. Ante un panorama en el que los demócratas podrían acumular hasta 16 años consecutivos ocupando la Casa Blanca (el mayor periodo con presidentes del mismo partido desde los años 40), su imagen en la televisión americana se está llenando de claroscuros. Las culpables son dos de las más interesantes y arriesgadas series de la ficción actual: House of Cards y The Good Wife.

A partir de aquí, spoilers hasta el 6x19 de The Good Wife

De hecho si escribo este artículo es porque tras más de una semana no consigo arrancar de mi cabeza los ecos de Winning Ugly (3x19), uno de los mejores capítulos de la historia de The Good Wife. En él, se destapaba cómo el Partido Demócrata de Illinois amañaba las elecciones estatales para mantener una super-mayoría legislativa que les permitiera aprobar leyes evitando el filibusterismo (prácticas dilatorias y/o de bloqueo) republicano. Ante el descubrimiento de que algunas máquinas electorales habían sido manipuladas, el comité demócrata designaba a un honorable abogado (Ron Rifkin) para defender la integridad de Alicia Florick (a pesar del botox, nadie sabe sufrir como Julianna Margulies), que había sido elegida Fiscal del Estado en esas mismas elecciones. Sin embargo, todo se torcía en los (terribles) 10 últimos minutos del episodio, en los que descubríamos el amaño de las elecciones legislativas y cómo “El Partido” (como institución de poder gangrenada) decidía inculpar a Alicia de amañar sus elecciones para tapar el amaño masivo en las legislativas. Sacrificar a una candidata honrada por mantener las cuotas de poder partidista en el Estado. Para ello, amenazaba a Peter Florick (la sombra de la duda sobre si éste amañó o no su elección como Gobernador de Illinois planea en la serie desde hace años) y a la propia Alicia, al decirle que la boicotearían hasta destruirla sino asumía que la manipulación de las máquinas electorales se organizó desde y para su campaña. A cambio, “El Partido” prometía cuidarla y darle en bandeja otro cargo público en elecciones futuras. Porque lo importante no son las personas, sino la institución, el aparato de poder, “El Partido”, esa máquina perfectamente engrasada al servicio de unos ideales líquidos en una sociedad líquida, que diría Bauman.

Si Winning Ugly es un capítulo tan abrumador, tan duro de ver y de analizar, es porque traza un retrato asfixiante del poder como una tela de araña de la que no podemos escaparnos. Otra vez más, tras la persecución a Cary del inicio de temporada, The Good Wife se mira en El Proceso de Kafka. No hay escapatoria posible, da igual que tú no hayas hecho nada malo, si no es la ley, serán los que la hacen, pero te acabarán jodiendo. Algo no funciona en nuestras democracias representativas de corte partidista, por eso el ecosistema de partidos en España está implosionando y por eso mismo en Estados Unidos se está viviendo un boom de las series políticas (The Good Wife, House of Cards, Veep, Madam Secretary, Scandal (risas) e incluso, y aunque para algunos no lo sea, Game of Thrones). Y todas ellas lanzan una mirada escalofriante sobre el poder. De hecho, la única comedia (voluntaria, porque Scandal es en realidad una comedia descacharrante), Veep, es quizás la más dura y pesimista de todas ellas. La fuerza de Winning Ugly, y en general de la aproximación al mundo de la política de The Good Wife, reside en su verosimilitud. Yo no me imagino a los tres candidatos presidenciales matando con sus propias manos a otras personas (gracias por tanto Scandal), a un vicepresidente (y a todos sus asesores) tan recalcitrantemente incompetentes (Veep) o una macro-conspiración que exige mil saltos de fe y roza constantemente lo ridículo (America Works) como la que retrata House of Cards. Sin embargo, sí me imagino el panorama político que pinta The Good Wife, básicamente porque la corrupción partidista es el pan nuestro de cada día. La cruda y espeluznante y cotidiana (y por ello doblemente espeluznante) realidad. La distopía no es la amenaza del futuro, es la denuncia del presente.

A nadie se le escapa que Hollywood es una de las principales fuentes de apoyo público (y sobre todo financiero) del Partido Demócrata. Por ello resulta tan interesante que la visión de los demócratas en televisión haya mutado de la sorkiniana de The West Wing a la que vomitan The Good Wife y House of Cards (en Madam Secretary y Veep no se habla de partidos). ¿Qué ha pasado en esta década? Cierta decepción con la Administración Obama y un cuestionamiento global de la salud de la democracia americana tras el 11-S y el recorte de las libertades impuesto bajo el mandato de Bush y perpetuado bajo la presidencia de Obama (hola NSA). La tierra de la libertad es menos libre y cada vez más desigual. Esto no implica que Hollywood vaya a dejar de ser abiertamente demócrata, básicamente porque la alternativa es aún peor. Pero sí que es un toque de atención. No corren tan buenos tiempos para los demócratas como el plácido camino hacia la Casa Blanca de Hilary Clinton parece sugerir. El dibujo de un Washington podrido de arriba abajo que pinta House of Cards es, a todas luces, excesivo, pero evidencia que las propuestas se han visto anuladas por el mercadeo de favores. No importan las ideas, sino medrar políticamente, aunque para ello haya que recurrir a las más sucias estrategias.

jueves, 16 de abril de 2015

Harlan en el retrovisor

JUSTIFIED - Última temporada





El condado de Harlan, Kentucky, es como el salón de El ángel exterminador de Luis Buñuel, o como casi cualquier espacio cerrado del cine de Roman Polanski. Necesitas salir de él para poder respirar, para poder ser libre, y sin embargo, no puedes abandonarlo, eres un prisionero condenado a cadena perpetua. Por muy lejos que se vaya Raylan Givens (Timothy Olyphant, en uno de los trabajos más sutiles de la TV) siempre volverá a Harlan, básicamente porque nunca se ha ido de allí, porque su pasado lo atenaza. Dado que según Eugene O’Neill “no existen ni el presente ni el futuro, sólo el pasado repitiéndose una y otra vez”, Raylan está condenado a habitar Harlan (aunque sea de forma meramente espiritual o emocional) hasta el mismo momento de su muerte. Si tuviera que señalar cuáles han sido los principales hitos de Justified, la serie de Graham Yost, que terminó tras 6 temporadas esta semana en FX, y que adaptaba las novelas del prestigioso Elmore Leonard, diría que han sido los siguientes: el uso del espacio, el dibujo de la América white trash, la reflexión sobre la paternidad, la relación entre ley y crimen como una escala de grises muy oscuros.

El espacio
Estamos acostumbrados a que el audiovisual americano se centre en el espacio urbano. Sobre todo en el espacio urbano poblado por la clase media. Sin embargo, gran parte de la última generación de cineastas americanos que ha irrumpido en el último lustro (gente como Jeff Nichols o Behn Zeitlin) ha puesto a la América rural en su punto de mira. Frente al cristal y el hormigón, la madera y el paisaje salvaje. Justified camina también por esa línea, que en el terreno televisivo aún está menos explotada, si cabe. Harlan es la metáfora de una América desaparecida, literalmente agotada, la que bajaba a la mina y vivía de la tierra. De ahí que las montañas inaccesibles del condado hayan tenido tanta importancia a lo largo de la serie, y sobre todo, en esta última temporada, en la que los protagonistas se han dedicado a intentar capturar un tesoro enterrado en sus entrañas (o más bien, a capturarse los unos a los otros).

La gente
Como consecuencia del colapso de su sistema económico, el condado de Harlan acabó poblado de white trash dedicados a explotar actividades ilegales, aprovechándose de su terreno laberíntico y alejado de la vida urbana, y por lo tanto del foco de las autoridades, de la vigilancia y el control (o del simulacro de ambas). Desde la producción y distribución de droga hasta el asalto de bancos, pasando por la prostitución o cualquier otro tipo de crimen (incluido el asesinato, claro) que se nos pueda llegar a ocurrir. Harlan no sólo se está muriendo, sino que lo está haciendo de la peor forma posible: gangrenándose. Entre mafiosos locales capaces de desarrollar estrategias dignas de Maquiavelo y paletos de poca monta, vamos buceando a través de las entrañas de esa condado camino de la perdición. Boyd Crowder (Walton Goggins, descomunal), el antagonista de todo el relato, o más bien, la cruz de la moneda en la que la cara es Raylan, y Mags Bennett (Margo Martindale en el trabajo de su vida) son dos de los villanos más interesantes que ha dado la ficción televisiva. Delinquir o desaparecer.

El padre
Empecé este artículo (¿?) diciendo que Raylan no puede librarse de Harlan porque no puede deshacerse de su pasado. Su pasado es, básicamente, una infancia y una adolescencia marcadas a fuego por la brutalidad de su padre, Arlo, un criminal curtido a base de ostias. Raylan se pasa toda Justified peleando contra la figura de Arlo. El Raylan del presente intenta enmendar el pasado y evitar un futuro que lo atormenta: convertirse en su padre, esa idea que sobrevuela a todo hijo, sobre todo con el paso de la vida, y de las experiencias, y la constatación de la repetición de determinados comportamientos. Arlo nunca fue un padre para Raylan, y sin embargo su sombra lo emborrona todo. Arlo y Boyd representan aquello en lo que Raylan no quiere convertirse: criminales (auto)destructivos. Habiéndose forjado en el mismo caldo de cultivo, el protagonista intenta ser un hombre de la ley, aunque para ello decida vulnerarla una y otra vez. No importan los medios, sólo los fines.

La ley
En Justified la única ley es la personal. Es decir, el código moral propio. Raylan Givens es un US Marshal y por lo tanto debe cumplir y hacer cumplir la ley, sin embargo, se dedica a bordearla y manipularla para conseguir cumplirla, por lo menos en esencia. Él cree que no puedes luchar contra el crimen en un espacio netamente criminal con normas legales. Sería como pelear con piedras en una guerra nuclear. Una respuesta proporcional, que dirían los estrategas militares americanos. Raylan usa métodos criminales (amenaza, ostia, disparo) para conseguir fines lícitos (“acabar con los malos”). ¿Hasta qué punto el fin justifica los medios? es la pregunta que recorre toda la serie. Justified, como la gran serie que es, no da una respuesta, deja que el espectador se la cocine en su cabeza. Por todo lo esbozado aquí, y por muchas otras cosas (el uso de la comedia, la galería de secundarios e invitados, etc.) Justified está llamada a convertirse en una serie de culto. No es una ficción glamurosa, pero sí letal.


sábado, 11 de abril de 2015

No sé dejarme querer

SHAMELESS - Quinta temporada


Spoilers a mansalva del último verano que pasamos con los Gallagher

Este lunes ha tocado despedirse de nuevo de los Gallagher, mi familia televisiva favorita, sin duda alguna. Shameless, que cada vez tiene menos de comedia y más de drama es, paradójicamente, mi happy place seriéfilo por antonomasia. Una serie que me hace feliz. Me río y me emociono con ella. Sabe, casi siempre, tocar las teclas adecuadas. Digo casi siempre porque el primer tercio de la temporada no fue bueno. De hecho el “resacón en Las Vegas de Frank” y el matrimonio exprés de Fiona en el 3x04, han sido quizás las dos peores tramas que ha dado la serie en sus ya cinco excelentes temporadas. Por suerte, corrigieron el rumbo a tiempo y la serie no hizo más que crecer en los otros dos actos de la función. Hasta Frank, que llevaba varias temporadas vagando (y vagueando) por la serie tuvo una trama muy poderosa, con el viaje a la muerte de su joven doctora. No creo que haya sido la mejor temporada de Shameless, pero la serie sigue siendo una de las mejores y más disfrutables obras televisivas actuales. Y en este curso ha buceado, más que nunca, en las pulsiones autodestructivas de los Gallagher y como éstas afectan a su estabilidad sentimental.

La villana: Sammi
Pocas veces he odiado tanto a un personaje de televisión como a Sammi (Emily Bergl), la hija bastarda de Frank. Llegué a odiar, por ejemplo, con todas mis fuerzas al Gaius Baltar de Battlestar Galactica, pero era un personaje al que amaba odiar. A Sammi no, Sammi simplemente me produce sarpullidos. Ha sido la villana de esta temporada, el enemigo común de toda la familia. Sammi irrumpió en el ecosistema Gallagher como un elefante en una cacharrería, dispuesta a recuperar los años familiares perdidos. Y fue recibida con una frialdad brutal. Con este contexto, lo lógico sería que el espectador se pusiera de su lado, que fuera la víctima. Sin embargo no fue así porque es un personaje desagradable e insoportable. Que actúa con mezquindad pero que cree que sus actos carecen de malicia. Primero intentó engancharse a Frank y luego se acopló al hogar familiar. Una garrapata que devoraba la vida de la familia y de la propia serie. Cuando Frank ideó el plan perfecto para deshacerse de ella, ésta acabó por explotar y demoler al miembro más débil del clan, el bipolar Ian, en una de las acciones más repugnantes de esta temporada televisiva. Como represalia, Mickey creyó haberla matado y la encerró en una caja de transporte de mudanza. Sin embargo, Sammi seguí viva y volvió al final del último capítulo pistola en mano para ajustar cuentas con Mickey. Esa hilarante secuencia de ella persiguiéndolo y pegando tiros a todas partes ha servido como metáfora de un personaje que nunca funcionó, pero que sin embargo en sus estallidos violentos puso a los Gallagher en situaciones muy interesantes, de gran carga dramática (y/o cómica).

El improbable héroe: Mickey
Podríamos decir que los dos grandes arcos narrativos de la temporada han sido “Fiona y los hombres” y “La bipolaridad de Ian”. En el primer tramo de la temporada vimos como Ian (Cameron Monaghan ha estado inmenso) caminaba irremediablemente hacia una crisis mental. Como quién ve un tren descarrilando a cámara lenta. Y mientras, Mickey (Noel Fisher, qué bueno eres) intentando poner parches a una presa a punto de reventar. Si Ian me partió el corazón, Mickey no se quedó atrás. Cuando alguien a quien quieres se resquebraja, tú también te deterioras internamente. En su sufrimiento, Ian arrastró a Mickey por la ira y la frustración, y a pesar de todo ello, Mickey se mantuvo a su lado, queriéndolo a pesar de las adversidades. La progresión dramática de Mickey es indudable. Quién nos lo hubiera dicho en la primera temporada. El cariño con el que Mickey trató a Ian hace que la ruptura entre ambos sea aún más triste. Mickey quiere a Ian, Ian quiere a Mickey, pero el problema es que Ian ya no sabe quién es, y cree que Mickey tampoco lo sabe. “No podemos querernos”. Ouch.

El problema: Las relaciones amorosas
Saltamos así al tema fundamental de esta quinta temporada de Shameless: la imposibilidad del amor. O más bien, la imposibilidad de estar en una relación estable y bidireccional (en el plano de los sentimientos mutuos). Fiona (Emmy Rossum, la actriz con la mirada más expresiva de la televisión) se casa con un chico al que no conoce de nada, establece una conexión emocional de dependencia con su jefe y se acuesta con Jimmy-Steve-De todos los santos. Es un desastre con patas. Si en la cuarta temporada descendió a los infiernos, en ésta ha intentado redimirse, sin embargo, ya alejada de las drogas y los demás peligros externos, se encontró acuciada por su mayor enemiga: ella misma. El problema de Fiona es, en esencia, el mismo que el de Alicia Florick: no es la maravillosa persona que creía ser, ella misma es consciente de ello y se frustra consigo misma. No juega limpio ni con su marido, ni con su jefe. Fiona confunde el cariño con el amor.


Tras una durísima vida teniendo que lidiar con sus tormentosos padres y luchando por sacar adelante a sus hermanos, ha llegado a un punto en el que ser bien tratada es argumento suficiente para estar con alguien. Aunque no haya amor. Por eso cuando irrumpe Steve todo salta por los aires. A él si lo ama, aunque sabe que su mera presencia la destroza. El problema de Fiona es, al igual que el de Ian, que no puede dejarse querer.         Por cómo fueron criados, o más bien, por cómo no fueron criados, los Gallagher sólo saben querer de forma pasional, arriesgada, casi violenta. Más que el cariño, lo que persiguen es la adrenalina. Por eso llegamos al final de la temporada con toda la familia sumida en problemas amorosos. Además de Fiona e Ian, Lip (Jeremy Allen White y su rostro apesadumbrado) ha tirado por la borda su sencilla relación con Amanda, por una profesora casada, la adolescente Debbie (Emma Kenney, está creciendo muy bien) confunde su primer novio con el amor de su vida y se queda embarazada a propósito y Frank (William H. Macy, fantástico, como siempre) se enamora, a sabiendas, de su moribunda médica. Definitivamente los Gallagher no saben dejarse querer, sólo saben precipitarse hacia adelante. Ya lo decía Iván Ferreiro “y besaré todas las bocas, intentando demostrar que sólo existe una. Y en mi delirio arrastraré todas las cosas buenas”.

El spin-off: Wifely Duties
Durante mucho tiempo se tuvo miedo a los spin-off televisivos. La sombra de ese aborto llamado Joey, que seguía al peor personaje de Friends era muy alargada. Sin embargo, hoy en día hemos ido perdiéndole el miedo a esa expansión de un universo creativo. Ahí está Better Call Saul para recordarnos que un spin-off puede tener identidad propia y gozar de una gran calidad.

El gran alivio cómico de Shameless este curso ha sido sin duda alguna Svetlana (Isidora Goreshter). No encontraréis a ningún fan de la serie que no se haya reído a carcajada limpia con ella. Todos los lunes comentaba el episodio de la semana con dos de mis mejores amigas (<3), y en la conversación de whatsapp salía (#analways) a relucir Svetlana. Ya fuera por los chascarrillos que había dicho o por su ausencia. Es increíble cómo siendo un personaje tan secundario ha sido capaz de tener tanta presencia (o ausencia). Por la propia concepción de Shameless, Svetlana jamás tendrá el peso que se merece en el show de los Gallagher. Quizás por ello Showtime debe aprovechar ese diamante en bruto (¡y tanto que es bruta!) que es nuestra prostituta rusa favorita y producir un spin-off.

Tienen el título: Wifely Duties. El slogan: “I cook, I clean, Wifely Duties”. El cartel: La cara de Svetlana entre dos piernas, una de hombre y una de mujer. La trama: Svetlana es contratada como madre de alquiler, asistenta del hogar y proveedora de sexo a tiempo completo. Y el formato: no olvidemos que Showtime se hizo un hueco en el panorama seriéfilo apoyándose en Dexter y sus dramedias de 30 minutos protagonizadas por mujeres (Weeds, US of Tara, The Big C, Nurse Jackie). Ahora que dicho formato ha desaparecido prácticamente de la parrilla de la cadena (Jackie, la última superviviente, termina esta primavera), Wifely Duties podría mantener en pie esta seña de identidad del canal.