martes, 21 de febrero de 2017

Los No-Oscar 2016 I: Actores

Actor de reparto


5. Ben Whishaw por The Lobster
Nunca he ocultado que Ben Whishaw es una debilidad personal. Hay algo en su forma de hablar que facilita que siempre capte mi atención al cien por cien. En The Lobster interpreta a un hombre desesperado, otro más, que construye una relación a base de mentiras, de cara a poder salvarse a sí mismo. Logra transmitir una hermosa fragilidad en medio de su total egoísmo.


4. Ben Foster por Hell or High Water
Aunque al final fue el veterano Jeff Bridges el que logró la nominación al Oscar, Ben Foster también estuvo en la conversación, evidenciando una obviedad, el reparto de Hell or High Water está muy bien escogido. Sin prisa, pero sin pausa, Foster se ha ido labrando una carrera llena de títulos interesantes, demostrando que no es un actor al uso, sino un intérprete de carácter. Aquí vuelve a entregarse totalmente a su personaje, un atracador de bancos, azotado por la cara más oscura del capitalismo.

3. Trevante Rhodes por Moonlight
Que un hombre tan grande logre transmitir tanta fragilidad con tan poco, tiene un mérito inmenso. Rhodes, tímido, vacilante y tierno, consigue poner un cierre perfecto a un personaje que hemos visto crecer, amar y sufrir.




2. André Holland por Moonlight
Holland, con una carrera audiovisual claramente al alza, cuenta con el don de tener una presencia magnética. La forma de mirar, de sonreír, de hablar y de moverse de este actor es, simplemente, hipnótica. No puede reprochársele a Chiron que caiga en su hechizo.




1. John Goodman por 10 Cloverfield Lane
A estas alturas que un actor del prestigio de John Goodman, respetado tanto por la crítica como por el público, no tenga en su haber ni una sola nominación al Oscar, debería ser considerado un atentado cultural. En un año bastante flojo en esta categoría, Goodman debería haber sido rescatado del olvido por los críticos y haber llegado a la terna de nominados por su secuestrador conspiranoico de la entretenidísima 10 Cloverfield Lane. Vuelve a estar, como casi siempre, enorme.

viernes, 27 de enero de 2017

¿Qué coño es la felicidad?

LA LA LAND / TONI ERDMANN

Puede haber spoilers (o no).





Que la película estadounidense del año, La la land, y la cinta europea de la temporada, Toni Erdmann, aborden las complejas relaciones que se establecen entre la (in)felicidad, el trabajo y la vida personal, resulta, cuanto menos, sintomático del devenir profesional/emocional de una generación que se caracteriza por sobrevivir dando tumbos, en un mundo cada vez más convulso.

Para la generación de nuestros padres, los babyboomers, la felicidad era tener una casa, una pareja para toda la vida (muchos descubrieron que en realidad no), un trabajo, también, para toda la vida, un par de hijos y que esos hijos fueran a la universidad y pudieran, posteriormente, tener una vida mejor que la suya, e imaginarse una nueva felicidad más feliz. Tras todo lo que ha llovido en la última década, podemos concluir ya que eso no va a pasar. No sólo no somos más felices, sino que, en realidad, no sabemos qué es la felicidad. Carecemos de una genealogía de la felicidad. La la land y Toni Erdmann, o lo que es lo mismo, Damien Chazelle y Maren Ade, vienen a escrutar este estado de desazón vital, por ello son dos películas brillantes (y extrañamente luminosas) sobre las tinieblas de una  generación en permanente estado de precariedad (laboral, sentimental).

Los protagonistas de La la land, una aspirante actriz y un pianista de jazz moderno, han dictaminado que lo que les impide ser felices es estar fracasando en sus respectivas carreras profesionales. Por ello, a pesar de parecer un drama romántico, la historia de amor en La la land es narrativamente secundaria y, como consecuencia de ello, el elemento más débil del aparato discursivo que construye Chazelle. El sueño de Mia y Sebastian no es mantener vivo su amor, como pasaba en los musicales clásicos en los que Chazelle se inspira (desde Los paraguas de Cherburgo hasta Cantando bajo la lluvia), para retorcerlos emocionalmente. Sino que su meta vital central es triunfar en su ámbito profesional y conseguir que su arte sea consumido/disfrutado por otras personas. Como sostiene Desirée de Fez en su brillante artículo sobre La la land, la tercera película de Chazelle como director, no es menos oscura que la segunda, Whiplash, a pesar de que su mirada retorcida sobre la felicidad se esconda detrás de la sonrisa de Emma Stone, la música de Justin Hurwitz y la fotografía de Linus Sandgren.

Antaño, el sueño americano estaba basado en el American Way of Life: una casa en los suburbios, una pareja, un perro y un zumo de naranja y unas tortitas para desayunar. En cambio, el sueño americano que está deconstruyendo Damien Chazelle en su obra, pivota sobre la autorrealización personal a través del arte y sobre la obtención de la aceptación y el reconocimiento de los demás. Si en nuestro interior no está la respuesta a “¿qué coño es la felicidad?” Quizás está ahí afuera, en la mirada y en la sonrisa de los otros, de los que no son yo.

Por ello, la nostalgia que embriaga a La la land, lejos de estar obnubilada por el resplandeciente pasado, ese Hollywood clásico para ella, esa era dorada del jazz para él, está articulada desde la frustración de toda una generación. Nos prometisteis que nuestra vida sería un sueño y lo que nos habéis regalado es la construcción de una nueva clase social: el precariado.

Los personajes de Chazelle luchan por salir del precariado a través del arte. ¿Y cuando lo logras, qué pasa? ¿Eres feliz? La mirada lacónica de Ryan Gosling me hace pensar que no, pero, y ahí radica la grandeza de La la land como obra generacional mayúscula, Chazelle lo deja a la libre interpretación de cada uno.



Si los personajes de La la land son capaces de llegar a una conclusión sobre qué no funciona, desde su propia visión de sí mismos, en sus vidas, la protagonista de Toni Erdmann necesita que su padre se lo ilustre a través del boicot persistente de su día a día. Inès trabaja para una consultora multinacional que se dedica a dictaminar la viabilidad económica de las empresas y a elaborar planes de intervención en las mismas. Esa intervención pasa, básicamente, por llevar a cabo despidos y externalizar servicios a otras empresas cuyos trabajadores gozan de unas condiciones laborales aún peores. Inès es el ángel caído que nos anuncia la muerte del trabajo en la sociedad de consumo.

Esta mujer ha logrado lo que en la era postindustrial y de capitalismo globalizado se ha impuesto, hegemónicamente, como el éxito. Tiene un cargo de responsabilidad en una gran empresa y cobra mucho dinero. Pero no es feliz. De hecho, no tiene vida más allá de su trabajo. De tal forma, que intenta llenar su vacío existencial medrando profesionalmente y construyendo relaciones sociales aún más huecas que su propia vida. Inès no siente, sino que, bajo los postulados de la productividad, consume: encuentros, conversaciones, fiestas, cenas, objetos, cupcakes con lefa… lo que sea necesario para dejar de sentirse sola o, lo que es más importante, para impedir que los demás vean lo sola que está. Toni Erdmann aborda así la banalización de las relaciones sociales. Ya no vemos los sentimientos de las personas, sólo vemos momentos, experiencias, historias que contar en el siguiente acto social o que subir a Instagram Stories. Nos da igual qué sienten los demás, sólo nos importa la imagen que tienen de nosotros. Posiblemente, tampoco sientan nada más que un viscoso vacío interior. Nunca nos importó tanto qué piensan los demás de nosotros y tan poco lo que nosotros les hacemos sentir.

¿Qué es, entonces, la felicidad, según Damien Chazelle y Maren Ade? Ninguno llega a barruntarlo. Chazelle concluye que la felicidad para nuestra generación ya no se podrá alcanzar congeniando el éxito artístico-profesional y el emocional. Hay que elegir entre ambas esferas. Alcanzar el éxito implica sacrificar tus relaciones personales: tu familia, tus amigos, tus parejas. Y, así, quizás, a través de tu trabajo y de tu capacidad de expresarte artísticamente, logres ser feliz. O quizás no y habrás caído, irremediablemente en la perversa trampa del éxito como forma de vida. Ade, por su parte, sostiene que la felicidad, como concepto totalizante, no existe, sólo podemos aproximarnos a ella a través de los pequeños momentos: el abrazo de tu padre, la risa cómplice… Chazelle busca llenar el vacío existencial con el arte. Ade con las relaciones personales. Son dos formas distintas de abordar un problema común: ya no existe un modelo comúnmente aceptado  de lo que es la felicidad.


jueves, 29 de diciembre de 2016

Mis 30 series favoritas de 2016

Hace mucho que no escribo en el blog, prometo que ha sido por un buen motivo: estoy al borde del ataque de nervios escribiendo sobre series con otro fin. Este año he visto menos ficciones televisivas que el año pasado, y sobre todo, he visto menos series no estadounidenses. Por ello la lista de este año la componen 30 series, en vez de 50, como el año pasado (del 50 al 26, del 25 al 1), y también por ello es una apología involuntaria del imperio cultural americano. Espero enmendarlo en 2017.

30. Gaycation (Vice) (N)

Ellen Page y su amigo Ian Daniel se lanzan a recorrer varios países del mundo para observar cómo es la situación de las personas LGTBI en dichos lugares. Gaycation es una serie documental, a veces dolorosa, casi siempre enternecedora, sobre las personas y la sexualidad, y sobre cómo gran parte de la sociedad es incapaz, en muchas ocasiones, de entender y asumir la diversidad.

29. One Mississippi (Amazon) (N)
Tig Notaro exorciza los fantasmas de su cáncer y su infancia en esta dramedia familiar incómoda y reflexiva. Huyendo del victimismo, pone el dedo en la yaga de sus dolores y sus miedos, construyendo un relato cargado de ironía pero también de una sensibilidad especial. 




28. Paquita Salas (Flooxer) (N)
Javier Ambrossi y Javier Calvo, autores del musical La llamada, han puesto en el mapa audiovisual español a la nueva plataforma de contenidos online de Atresmedia: Flooxer. Esta comedia de 20 minutos sigue a Paquita Salas, una representante de actores venida a menos, que lucha por sobrevivir en un mundo cada vez más competitivo y descubrir a nuevas estrellas. Lo mejor de Paquita Salas es su sentido del humor y las descacharrantes bromas que hace sobre el panorama audiovisual español. Lo peor, un cierto sentimentalismo que no está del todo bien cocinado.

27. The Girlfriend Experience (Starz) (N)
Gélida. Así es, visual, narrativa y emocionalmente The Girlfriend Experience, una aproximación oscura y misteriosa a la psique de una mujer que ejerce de escort. La serie jamás nos sumerge en su mente. Y ahí radica la gracia. Es una serie a contracorriente, que no sólo no busca la empatía, sino que huye de ella. Lo apuesta todo a que nos fascine el hecho de no saber qué piensa su protagonista. Y gana. 

26. Shameless (Showtime) (-3)
Tras una sexta temporada (emitida, también, en 2016) en la que Shameless no había estado al excelente nivel que nos tenía acostumbrados, la serie de los Gallagher ha vuelto a funcionar a pleno rendimiento. Liberar a Fiona de ser el centro de la serie, dándole más cancha al resto de personajes, sobre todo a Lip, ha ayudado. Las dinámicas familiares han vuelto a ser lo mejor de una serie que sigue teniendo una inmensa capacidad de generar emoción.

25. Silicon Valley (HBO) (+9)
En un mundo en el que las multinacionales tecnológicas se han convertido en actores muy poderosos dentro del sistema, una comedia como Silicon Valley que buceé en sus miserias, es una joya. A menudo delirante, siempre desternillante, Silicon Valley nos cuenta cómo la vida no hace otra cosa que ponernos obstáculos, a pesar de que tengamos grandes ideas. En su entrañable (a la par que feroz) retrato del patetismo asociado al éxito reside su gracia (y su inteligencia).

24. Fleabag (Amazon) (N)
En el primer año post-Louie la dramedia personalista de autor ha experimentado un boom. Fleabag es la propuesta más radical y arriesgada dentro de esta corriente. También la más descacharrante. La protagonista es un total y absoluto desastre. Y por ello resulta sencillo ver en ella alguna de nuestras taras.


23. Atlanta (FX) (N)
Donald Glover se estrena como autor televisivo con una de las dramedias que más han dado que hablar este año. Atlanta se ríe de los problemas y prejuicios raciales para poner a Estados Unidos frente al espejo de sus vergüenzas e incongruencias. Pero también es un relato intimista de lo duro que resulta sobrevivir cuando no se tiene dinero en un mundo gobernado por el mismo. Huyendo de la desesperanza, Atlanta prefiere entregarse a la risa para analizar los problemas. Es todo un acierto.

22. O.J.: Made in America (ESPN) (N)
Tras el estreno de la ficción The People v. O.J. Simpson, llegó la miniserie documental O.J.: Made in America. Si la primera se centra únicamente en la detención y el primer juicio a O.J. La segunda comienza con la carrera deportiva del protagonista y termina con el encarcelamiento de O.J. tras un segundo hecho criminal. Este documental de ESPN es, ante todo, una reflexión sobre los problemas raciales que asolan a Estados Unidos. Una obra pertinente y excelentemente documentada y montada.

21. Girls (HBO) (+21)
Hannah se estrella contra la realidad. Con toda su dureza. Sus miserias salen a la luz en forma de un espectacular incendio. Siempre digo que conecto con Girls porque me vomita a la cara lo peor de mí mismo, lo que más me aterroriza de cómo soy y de cómo pienso. Es normal que las Girls puedan caer mal, no están diseñadas para gustar, son la representación brillante y retorcida de los fantasmas de una generación a la deriva.

20. Halt and catch fire (AMC) (+9)
La serie tecnológica de AMC pasa de los inicios de la informática personal a los albores de Internet, para ofrecernos, otro año más, un estudio de personajes fascinante. Cameron y Donna se confirman como dos de los personajes femeninos más interesantes de una hornada televisiva dónde las mujeres se han situado, por fin, en el centro de los relatos. Da igual que entiendas o no de informática, lo relevante de Halt and catch fire son los dramas humanos que presenta, analiza y disecciona.

19. BrainDead (CBS) (N)
Tras el final de The Good Wife, el matrimonio King volvió a sumergirse en las ciénagas de la política estadounidense, pero esta vez lo hizo desde la ciencia ficción y aumentando las dosis de humor que ya salpicaban su obra previa. El resultado ha sido una serie divertidísima, ágil e inteligente sobre los tejemanejes del poder. Tiene algunas de las secuencias más ingeniosas y graciosas del año (todas las relacionadas con sexo, sin duda alguna).

18. Transparent (Amazon) (-2)
La serie de Jill Solloway es un milagro en equilibrio. Una obra que consigue transmitir, como pocas, los sentimientos y las incongruencias de los seres humanos. Una reflexión pura y personalísima de lo que implica amar y ser amado. Una mirada lúcida sobre la familia y las relaciones afectivas. Los Pfefferman podrían resultar insoportables, pero Solloway logra transmitir el cariño con el que los escribe. Nadie es perfecto. Ni ellos, ni nosotros.

17. Gilmore Girls: A year in the life (Netflix) (N)
Es muy difícil para mí hablar de Gilmore Girls. Crecí como persona idolatrando esta serie, es, sin duda alguna, una de las ficciones más importantes de mi vida. El regreso de la serie a cargo del matrimonio Palladino era para mí el acontecimiento televisivo más esperado del año. ¿Han cumplido con las expectativas? Sí, el regreso no ha sido únicamente un revival nostálgico, sino que ha expandido el relato, ahondado en las dudas e incertezas de estas tres mujeres (madre, hija y abuela) y reflexionado sobre el dolor y la madurez (ya sea a los 30, a los 50 o a los 70 años). Sí, han cumplido con las expectativas. Y teniendo en cuenta la última secuencia, deberían volver a nuestras vidas en unos años.

16. Please Like Me (ABC) (-1)
Josh Thomas ha parido la temporada más pesimista de Please Like Me. Ha dolido. Su incisiva mirada sobre cómo piensa toda una generación sigue siendo relevante. Thomas maneja el paso de la risa a la lágrima con una soltura pasmosa. Cómo cuesta madurar, ¡a cuántas cosas te obliga a renunciar!



15. Gomorra (Sky Italia) (N)
La primera temporada de Gomorra impresionó por su contundencia narrativa y su descarnada imagen de la mafia napolitana. La segunda entrega ha mantenido el nivel, optando por una narración más pausada y reflexiva. Es un relato complejo y lleno de matices de un mundo en guerra perpetua. Brillante.



14. House of Cards (Netflix) (+8)
Poco se puede decir a estas alturas sobre el pérfido y sibilino matrimonio Underwood. Los dos protagonistas de esta cruel thriller político siguen devorándose mutuamente mientras se agarran con uñas y dientes al poder. Pasen y vean, este circo de pista múltiple no deja nunca de ser entretenidísimo. Pura droga.



13. Broad City (Comedy Central) (+6)
Abbi e Ilana siguen poniendo New York patas arriba, buscando su sitio en un mundo caótico dónde el éxito no se mide por cuánto dinero tienes, sino por cuán feliz puedes llegar a ser. Broad City sigue siendo un soplo de aire fresco. La serie con la que más me río de la televisión actual. Una visión hilarante (y no por ello menos incisiva) de una generación perdida.


12. Horace and Pete (Louisck.net) (N)
Louis CK, uno de los autores audiovisuales más estimulantes y certeros de los últimos años, lanzó por sorpresa en su propia web, Horace and Pete, una miniserie que bucea en las desgracias e insatisfacciones vitales de una familia de perdedores. Lo hace, con un estilo cercano al teatro filmado, a través de largas y dolorosas conversaciones entre los miembros de dicha familia. Horace and Pete es ácida, tierna y dura, muy dura. Todo un regalo.

11. Black Mirror (Netflix) (N)
La antología distópica de Charlie Brooker sobre el poder de las pantallas en nuestra sociedad, regresó este año tras una larga ausencia, de la mano de Netflix, con seis nuevos episodios. De entre estas seis lúcidas e inquietantes obras independientes cabría destacar Nosedive (3x01) y, sobre todo, San Junipero (3x04). Quizás hayamos estado ante la temporada más irregular de la serie, sin embargo ha vuelto a rayas a cotas muy altas y confirmado lo que ya sabíamos: necesitamos a Black Mirror para que nos ayude a reflexionar sobre la deriva de nuestro mundo.

10. The Young Pope (Sky Italia/HBO) (N)
Paolo Sorrentino, uno de los autores audiovisuales más estimulante, personal y corrosivo de las últimas décadas, ha dado el salto a la televisión con esta superproducción que sigue a un joven Papa recién elegido, mostrando sus disquisiciones, miedos, complejos, odios y pasiones. El Papa de Jude Law y Sorrentino es un animal salvaje, corroído, conservador, en el que es imposible adentrarse, porque jamás termina de mostrar su interior. Sorrentino no ha terminado de ajustar sus cuentas pendientes con la todopoderosa Iglesia Católica. Debemos estar contentos de ello.

9. American Crime (ABC) (+31)
Si la primera temporada era un drama multirracial urbano, la segunda entrega de la antología de John Ridley viaja de California a Indiana, para sumergirse en el mundo suburbial. Lo que allí nos encontramos es una violencia social sumergida que explota en forma de odio y crimen. Quizás estamos ante la serie más pesimista y triste del año.


8. Veep (HBO) (+9)
En el año de la victoria electoral de Donald Trump, Veep, como dijo la propia Julia Louis-Dreyfuss al recoger su 5º Emmy consecutivo, ha pasado de ser una sátira política a un documental realista. La última entrega de esta comedia abrasiva ha vuelto a ser una de las obras más graciosas, inteligentes e ingeniosas del año. Posee los diálogos más brillantes de la televisión actual.


7. Westworld (HBO) (N)
Con Game of Thrones llegando a su final y Netflix acaparando la atención seriéfila, HBO necesitaba un nuevo gran relato insignia. Habrá que ver cómo evoluciona el año que viene, pero desde luego Westworld es carne de obra de culto. Ciencia ficción inteligente, inquietante, misteriosa y dolorosa. Quizás estemos hablando de la serie más hipnótica del año. Incluso cuando no sabía qué está pasando, era incapaz de apartar los ojos.

6. Rectify (Sundance Channel) (+4)
Rectify es una de las obras más delicadas y arriesgadas que ha parido la televisión en el último lustro. También, obviamente, una de las mejores. Una obra dolorosa sobre la culpa, el paso del tiempo (y el tiempo perdido), la familia y la soledad. No podría ser más sensible y emocionante. Su última temporada ha sido el cierre perfecto a un relato narrado con sosiego. Una de las obras cumbres de eso que se ha dado en llamar la slow tv.

5. BoJack Horseman (Netflix) (+19)
Sin Louie en emisión, BoJack Horseman se ha convertido en la serie que mejor y de forma más profunda indaga en eso tan terrible y escurridizo que llamamos el vacío existencial. Los problemas comunicativos, la soledad, la insatisfacción y la autodestrucción se dan cita en una obra que te puede llegar a destrozar emocionalmente. Alguno de sus capítulos de esta temporada (como el capítulo mudo debajo del mar) son, simplemente, arte.

4. American Crime Story: The People v. O.J. Simpson (FX) (N)
Pocas series este año han generado la conversación y el análisis suscitado por esta primera temporada de la nueva antología de la factoría Ryan Murphy (que aquí produce y dirige, pero no escribe). The People v. O.J. Simpson ha tenido la suerte de aterrizar en un momento en el que el conflicto racial que aún rasga a Estados Unidos está en el centro del debate nacional. Su visión de la raza, la desigualdad, los media, la formación de opinión pública y el sistema judicial, es rica, incisiva y estimulante.

3. The Crown (Netflix) (N)
Peter Morgan ha dedicado su excelente carrera como guionista a bucear en el sistema institucional británico (su trilogía sobre Tony Blair) y a reconstruir duelos históricos (Frost/Nixon, Rush). En The Crown vuelve a aunar esas dos vertientes de su obra para poner en pie la que quizás (el tiempo lo dirá) sea su obra cumbre: el relato tierno y duro a partes iguales del reinado de Isabel II. En esta primera temporada, centrada en el ascenso al poder de la joven reina, la dimensión personal (familiar, sentimental) y la institucional (política, social) se han ido entrelazando hasta construir una obra apasionante sobre una mujer imperturbable. 

2. The Americans (FX) (+3)
Tras lograr, por fin, el reconocimiento de los Emmys, The Americans ha cerrado el año demostrando que pocas series actuales están dotadas de su hondura, complejidad moral y capacidad para inquietar al espectador. Los Jennings se precipitan hacia el precipicio, mientras intentan supurar las heridas que los separan y, que a la vez, los unen.


1. Game of Thrones (HBO) (+5)

En su rotunda, apasionante, conmovedora y poderosa sexta temporada, la ficción de Benioff y Weiss ha rubricado un título que es, en parte mérito suyo, y en parte demérito de los demás: El gran relato televisivo en activo. Tras el final de Mad Men el año pasado y el de Breaking Bad el anterior, Game of Thrones se ha convertido en la serie en emisión más relevante y, sí, canónica. Su última temporada, la séptima, se dividirá en dos partes emitidas en 2017 y 2018, siguiendo el ejemplo, sí, de Breaking Bad y Mad Men. Ninguna casualidad.

miércoles, 22 de junio de 2016

Íñigo Errejón: el niño y la bestia

POLÍTICA, MANUAL DE INSTRUCCIONES







A las puertas del inicio oficial de la campaña electoral (la oficiosa comenzó con las elecciones europeas de 2014 y la irrupción de Podemos), Fernando León de Aranoa, máximo exponente del cine social español de las últimas décadas, estrenó Política, manual de instrucciones, un documental producido por Mediapro, uno de los grandes grupos mediáticos españoles, que narra la evolución de Podemos desde la asamblea fundacional de Vistalegre (octubre de 2014) hasta las elecciones generales del 20 de diciembre de 2015. El film, narrado desde una mirada aséptica, no sólo no elude los conflictos internos, sino que en cierta forma se estructura a partir de los mismos. Política, manual de instrucciones no es sólo la historia de un éxito electoral, también es una reflexión, a veces agria, a veces esperanzada, sobre lo que implica poner en marcha una estrategia ganadora para hacerse con el poder. En este conflicto entre ideales y pragmatismo en un partido que pretende construir un bloque contra-hegemónico, el único actor que salió victorioso de cada escaramuza no fue Pablo Iglesias, sino, Íñigo Errejón, verdadero protagonista del documental, una bestia política disfrazada de nieto geek.

En el seno de un partido, al igual que en el de cualquier relación humana, se producen quiebras y grietas. La primera que sufrió Podemos tuvo lugar en Vistalegre, en el inicio de su “asalto a los cielos”, remitiéndose a Marx. Lo que estaba en juego en aquel cónclave era la organización interna del partido. Lo que, en aquel momento, era el equipo de Pablo Iglesias propugnaba construir un partido organizativamente similar a los hegemónicos, con un liderazgo sólido y volcado en las dinámicas comunicativas externas, en vez de en las internas. Mientras que la oposición interna al mismo, una entente cordiale entre el ala más radical, liderada por Teresa Rodríguez, y la más moderada, aglutinada en torno a Pablo Echenique, defendía un partido más horizontal que vertical, con un liderazgo plural, que trasladara a la práctica la idea-fuerza de que en Podemos no mandaban los cargos, sino directamente todos sus miembros. Aranoa acierta de pleno al mostrarnos, no sólo los discursos construidos por ambos bandos, sino también las estrategias que fundamentaban dichos discursos. Aquella primera disputa supuso la pérdida de la inocencia del partido. La victoria aplastante de las tesis del equipo de Iglesias, que había condicionado su continuidad al frente del partido a la victoria de sus propuestas, convirtió a Podemos no en un partido que trabajara la democracia real, como la estructura en círculos invitaba a creer, sino en una máquina electoral diseñada para ganar.

El siguiente conflicto de calado se produjo, tras el auge de Podemos en las encuestas, en el seno del propio equipo de Pablo Iglesias. Lo cual hace que dicho conflicto sea la parte más interesante del documental de Aranoa. A principios de 2015, el acoso de las empresas mediáticas hegemónicas vino acompañado de dos campañas que buscaban desprestigiar al partido en su propio terreno: la lucha contra la corrupción. Una, de baja intensidad, tenía como protagonista a Íñigo Errejón y un contrato de investigación en la Universidad de Málaga. La otra, que llegó a dañar gravemente en el terreno comunicativo al partido, tenía como foco a Juan Carlos Monedero y a la Hacienda pública. Tras aquellos escándalos y el declive de Podemos en las encuestas, Monedero terminaría abandonando la dirección. La salida de Monedero se nos explicó como consecuencia del éxito que la campaña mediática y partidista había tenido. Podemos, había sido derrotado en su terreno de lucha predilecto: la corrupción. Sin embargo, de fondo había un conflicto bastante más trascendental en términos de estrategia de poder. Mientras Errejón abogaba y aboga por luchar sólo las guerras que se pueden ganar, Monedero defendía que no valía de nada no entrar en debates peliagudos, es decir, posicionarse, proponer... errar. Para Errejón el objetivo único es crear un bloque contra-hegemónico, liderado por Podemos, transversal (la palabra mágica), sin posicionamientos ideológicos manifiestos, que pueda conectar con una mayoría social apartidista, aunque ello implique evitar conflictos y propuestas, ya que los mismos traen consigo la pérdida de votantes que dejan de sentirse identificados con un proyecto diseñado sobre ideas-fuerza que apelan al sentido común. En cambio, Monedero cree que intentar alcanzar el poder abandonando las propuestas más polémicas y transformadoras, evitando sufrir daños, es un error de calado, puesto que supone construir un proyecto sin propuestas específicas. Monedero plantea el asalto al poder desde posiciones ideológicas sólidas, Errejón desde una transversalidad social que demanda justamente lo contrario. Para Monedero importa el proceso, para Errejón lo relevante es el fin: ejercer el poder para emprender medidas de menor calado, pero que generan un mayor consenso social. En cierta forma la victoria de Errejón sobre Monedero supuso la contradicción inmediata de la frase más célebre que pronunció Iglesias en Vistalegre: “el cielo no se toma por consenso, se toma por asalto”. De hecho, en una de las maravillosas anécdotas trascendentes que nos deja el documental, Errejón desaconseja a Iglesias que pronuncie dicha frase, porque será con lo que titulen los medios. Dicha predicción se cumple e Iglesias cierra la discusión, entre risas, sosteniendo que tenía que dejar una frase para los historiadores.


Podemos salió de aquella crisis doble, interna y externa, gracias al éxito de las confluencias municipales, más que por los resultados obtenidos en las elecciones autonómicas, a las que acudió en solitario. Sin embargo, el espectacular resultado de Ciudadanos en las elecciones catalanes y el fracaso de Catalunya si que es pot, volvieron a situar al partido en una situación precaria en las encuestas. De ahí nace la estrategia de la remontada que acabaría llevando a Podemos y a sus confluencias a las puertas del sorpasso al PSOE. Pero antes de todo ello, se produjeron dos nuevos conflictos, uno, por las listas electorales, otro, por la confluencia a nivel estatal con Izquierda Unida. En ambos casos triunfaron las tesis de Errejón: liderazgo centralizado y transversalidad. Sin embargo, una vez más, el sistema mediático español dibujó a Iglesias (y a su ego) como el villano del relato. Algo que se reproduciría en las negociaciones para formar gobierno. Es más fácil, en términos puramente narrativos, convertir en el enemigo a un hombre como Pablo Iglesias. Es difícil dibujar a Errejón como un peligro, al igual que a Alberto Garzón. Ambos hablan con tranquilidad, evitan un discurso abiertamente conflictivo y no polarizan las opiniones de aquellos con los que se comunican. En cambio, Iglesias sí lo hace, y en ello reside su éxito, pero también sobre ello se cimientan las tácticas que se ponen en marcha en su contra. Como dice una amiga mía sobre otra, que a menudo no usa sujetador: lo que ves es lo que hay. Iglesias es así, brillante, egocéntrico, manipulador, astuto y divisivo. Iglesias, al igual que mi amiga, va por la vida sin protegerse el pecho. Por ello se puede consumir en cualquier momento. En cambio Errejón, quizás el mayor estratega de la política española actual, ha llegado para quedarse. El gran logro de Política, manual de instrucciones es haber profundizado en el discurso, la estrategia y la psique de un actor llamado a ocupar un papel relevante en las dinámicas de poder de nuestro sistema durante mucho tiempo: Íñigo Errejón.

martes, 21 de junio de 2016

The Queen in the North

GAME OF THRONES - The Battle of the Bastards


Spoilers de Game of Thrones hasta el final del 6x09


Este domingo se emitió en Estados Unidos (y en gran parte del mundo) el noveno capítulo de la sexta entrega de Game of Thrones, el mayor fenómeno seriéfilo de la televisión actual. La expectación estaba por las nubes desde que HBO hiciera públicos los títulos de los capítulos de la segunda parte de la temporada. The Battle of the Bastards dejaba poco lugar a la especulación, la pelea entre los hijos bastardos (ejem) de Ned Stark y Roose Bolton, dilucidaría de esta forma quién gobernaría en el Norte, si los malogrados, apaleados y pisoteados Stark, clan que reinó en dicho territorio durante siglos, o los Bolton, que aliados con los Lannister se habían hecho con el poder mediante la cruel masacre llevada a cabo en la Boda Roja (3x09). Para rodar esa lucha encarnizada a vida o muerte HBO, los showrunners Benioff y Weiss llamaron a Miguel Sapochnik, el hombre detrás del capítulo mejor rodado de la serie, Hardhome, el asalto de los muertos a Casa Austera (5x08). Y para construir el relato optaron, sabiamente, por hacer girar el episodio únicamente sobre dos tramas: por un lado la batalla en el Norte, por otro, la consolidación del poder de Daenerys en el Este, más allá del mar Angosto. Así, un episodio que estaba llamado a ser protagonizado por dos hombres: el invencible (resurrección mediante) héroe, Jon Snow, y el pérfido villano, Ramsay Bolton; acabó siendo okupado por tres mujeres: Daenerys Taragaryen, Yara Greyjoy y, sobre todo, Sansa Stark.

Game of Thrones ha construido, a lo largo de todo el relato, a varios personajes femeninos que luchan, en un mundo rabiosamente misógino, por empoderarse. Ha sido, sin duda alguna, una de sus principales aportaciones a nivel de impacto social. Conquistar para las mujeres el terreno de la fantasía medieval es un logro inmenso y uno de los motivos por los que Game of Thrones será recordada como una de las grandes ficciones televisivas de nuestro tiempo. Así, The Battle of the Bastards ha mezclado los mejores elementos con los que cuenta la serie: espectacularidad, tensión, drama familiar y una clarividente reflexión sobre el poder y sobre las estrategias para conquistarlo o retenerlo.

Daenerys ha puesto fin, mediante el uso de la fuerza, a la rebelión de los esclavistas. Por fin, tras demasiado tiempo, todo sea dicho, controla definitivamente las ciudades libres. Tras el fracaso de la estrategia de Tyrion, pactar con los esclavistas, Daenerys ha frenado la rebelión de los mismos gracias a sus dragones y a su ejército doothraki. Ha terminado la travesía por el desierto, la Khaleesi está lista para cruzar el Mar Angosto y conquistar Poniente. Para ello ha sellado un pacto con Yara Greyjoy, que le facilitará barcos, le prometerá fidelidad y renunciará a que las Islas del Hierro sigan viviendo a base de saqueos y asaltos en el mar. A cambio Daenerys se asegurará de que Yara controle dichas Islas, rechazando la futura oferta de su tío Euron. Daenerys combina así el uso de la fuerza y la capacidad de pactar, ataque y consenso, en una estrategia de poder que busca situarla a ella sobre el Trono de Hierro.


Si todas las tácticas que pone en marcha Daenerys parecen, a priori, acertadas, justamente lo contrario le ocurre a Jon Snow. A pesar de los sabios consejos que le da Sansa en una maravillosa discusión en penumbras, Snow comete todos los errores que podría cometer en su planteamiento de la batalla contra Bolton. El problema de Jon Snow es que no es un estratega, jamás ha ambicionado el poder, sino que su ejercicio le ha llegado casi por accidente. Si a eso le sumamos que se deja llevar por sus sentimientos en un mundo feroz, lo cual ya le costó su propia muerte, y que además no atiende a consejos, el resultado es un líder que no sabe liderar y al que siguen por su honradez y nobleza, no por su inteligencia o dotes estratégicas o discursivas. Si Daenerys cimienta sus ambiciones sobre la premisa de que sería una buena reina, una líder justa, Jon esgrime que es el hombre que hace siempre lo correcto moralmente, aunque no sea lo más astuto. El problema es que Poniente no es un territorio para hombres buenos. Por eso cae en las trampas que le tiende Ramsay Bolton, su antítesis a todos los niveles: pérfido, retorcido, malicioso, ingenioso y ególatra (su perdición). Era imposible para Jon salvar a Rickon en medio de una cacería fríamente planificada por Bolton y aún así desmonta toda su táctica de esperar al ataque de Bolton para intentar rescatar a su hermano. Una operación suicida. A partir de ahí se pone en marcha una batalla cruenta y asfixiante en la que el ejército de los Stark se ve rodeado y masacrado por el de Bolton.


Por suerte para Jon Snow, a su lado, aunque él no acabe de verla como una igual, está Sansa, aquella adolescente de la primera temporada, frívola y banal, que ha terminado por convertirse en una mujer astuta, inteligente, calculadora y valiente. En paralelo a las negociaciones de Snow con el resto de clanes del Norte, Sansa pone en marcha una estrategia doble: coaligarse con Meñique y pedir ayuda a los Tully. Así, gracias a ella, Gandalf Meñique, llega con la primera luz del quinto día justo a tiempo, para destruir las filas de Bolton y cambiar drásticamente el rumbo de la batalla. Las complejas dinámicas de seducción, poder y manipulación entre Sansa y Meñique aún tienen mucho terreno para evolucionar. Sansa es el producto de un mundo violento e impredecible dónde no te puedes fiar de nadie. Durante todo su trayecto vital ha estado en manos de los dos actores más despiadados del relato: Joffrey y Ramsay; y se ha relacionado con los dos estrategas más brillantes: Tyrion y Meñique. El resultado de todo este proceso lo hemos podido ver a lo largo de toda la temporada, germinando definitivamente en la secuencia final entre Sansa y Ramsay, cuando ésta observa directamente cómo los perros devoran al hombre que la violó y la destruyó emocionalmente. Una catarsis salvaje en un mundo salvaje. Los Stark están de vuelta, Jon Snow es un héroe, pero Sansa es la verdadera, The Queen in the North. Tiene todas las aptitudes para ser una gran gobernante en tiempos convulsos.